A quienes seguís a Jesús en la vida consagrada:

“Vivid con gozo vuestra misión”

Queridas hermanas y hermanos:

speramos que al recibir esta carta os encontréis todos bien y llenos de alegría y entusiasmo en el servicio misionero que os ha sido confiado. Algunos, por dificultades de salud o por la edad, estaréis orando por el fruto del ministerio de vuestros hermanos y hermanas. Otros os encontraréis en alguna de las etapas del proceso formativo, preparándoos para el momento de la integración plena a la misión de vuestro Instituto. A todos nos dirigimos, antes de concluir el “año de la vida consagrada”, para agradeceros vuestra participación en la misión de la Iglesia y animaros a vivirla con profundo gozo y esperanza. Reafirmamos lo que decía San Juan Pablo II en Vita consecrata: “La Iglesia necesita la aportación espiritual y apostólica de una vida consagrada renovada y fortalecida”[1].

Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la Creación”  (Mc. 16,15). Con estas palabras Jesús marcaba un horizonte inmenso para aquel pequeño grupo de discípulos que todavía no salían de su asombro después de la experiencia que habían vivido durante las últimas semanas de la vida del Maestro. Solamente el don del Espíritu les ayudará a entender el significado profundo de aquellas palabras y les habilitará para llevar a cabo una encomienda que, humanamente hablando, superaba sus posibilidades.

Iluminados por el Espíritu Santo los discípulos irán recordando las palabras, los gestos y toda la vida del Maestro y encontrarán en ellas la explicitación de este mandato misionero. La misión que el Señor les confiaba era la misma que Él había llevado a cabo y que expresó de modos diversos durante su vida. En efecto, el mandato misionero encuentra múltiples enunciados en los Evangelios: proclamar la Buena Nueva a todos los pueblos (cf. Mt 28,18; Mc 16,15); ser testigos de la Resurrección (cf. Lc 24,46-48; Hech 1,8); ser portadores de paz y reconciliación (cf. Jn 20,21-23); curar a los enfermos y ayudar a los excluidos (cf. Lc 10,1-9); ser luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5,13-16); amarse los unos a los otros con el amor con que Jesús mismo amó (cf. Jn 13,34-35),  servir y lavar los pies a los hermanos (Jn 13,12-15), etc. Los discípulos entendieron que se trataba de aquella misión que el mismo Jesús explicó en la sinagoga de Nazaret con las palabras del libro del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4,18-19).

La misión: ver, conmoverse y actuar

Os queremos, ante todo, proponer un texto del Evangelio de Mateo que resulta iluminador cuando meditamos sobre el sentido de la misión que el Señor nos ha confiado. “Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia. Y, al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: la mies es mucha y los obreros pocos, rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt. 9,35-38).

Aparecen aquí unos rasgos que nos ayudan a entender la misión que el Señor nos confía. Ante todo se trata de estar entre la gente, de dejarse interpelar por su presencia y compartir sus esperanzas y temores, de sentir el deseo de consuelo y la necesidad de cercanía que expresan sus rostros y sus palabras. En último término se trata de entrar en aquel proceso del “ver”, “conmoverse” y “actuar” que caracterizó la vida y la misión de Jesús.

“Ver” significa estar atentos a lo que pasa en nuestro mundo, abiertos a la realidad que nos rodea, no por mero afán de curiosidad, sino para descubrir el paso de Dios en nuestra historia.

“Conmoverse” significa hacer nuestro el dolor de quienes encontramos en el camino. Conmoverse es sufrir-con, es ser sensible a toda forma de injusticia, de pobreza y de sufrimiento. Conmoverse es estremecerse ante tanta desigualdad y exclusión, como decía Pablo VI en la encíclica Populorum Progressio[2], y sentir el corazón herido al ver tantas personas que viven situaciones absurdas e inhumanas.

“Actuar” es el tercer paso. Sin el actuar el ver y el conmoverse se reducen a buenas intenciones, casi a mera sensiblería. Se trata de ir a las últimas consecuencias siendo, como Jesús, hombres y mujeres para-los-demás y saliendo de nosotros mismos y de nuestros intereses personales o grupales.

Hay que tener los ojos y el corazón abiertos. Jesús advierte a sus discípulos que la mies es mucha y son pocos los obreros para la cosecha de los frutos abundantes que producen las semillas que el Padre celestial, en su infinita bondad, sembró generosamente en el corazón de cada persona y cada pueblo. Estamos demasiado acostumbrados a pensar que hemos sido enviados a sembrar algo que era nuestro, que nos había sido confiado sólo a nosotros. Olvidamos que es el Padre quien sembró generosamente la semilla en todos los corazones y en todas las culturas. Ahora se trata de descubrir esta semilla que está apareciendo y creciendo, de cuidarla y de recoger sus frutos para que todos puedan gozar de ellos y compartirlos. Esto nos hace mucho más humildes en el servicio misionero. “Cuidar” significa ayudar a crecer y exige hacerlo siendo conscientes de la necesidad de conservar aquella armonía que Dios puso en su creación y que se ve tan frecuentemente amenazada y conculcada por el afán de poseer y por el egoísmo de quienes se quieren apoderar de lo que nos fue entregado para ser compartido por todos. “Cuidar” solo se puede hacer con respeto y con amor. El anuncio del Evangelio hace nacer en el corazón de las personas una nueva conciencia agradecida hacia Dios y solidaria con los demás seres humanos y con la Creación, que abre el camino a la experiencia del Reino. “Cuidar” significa también liberar el campo de todo aquello que impide que la semilla crezca y llegue a dar fruto; dicho de otro modo, significa denunciar con libertad y valentía todo lo que se opone al proyecto de Dios y unir nuestras fuerzas con todos aquellos que buscan construir un mundo más cercano a este proyecto. ¡Qué bella es la misión que nos ha sido confiada!

En último término nuestra misión no reside tanto en llevar a Dios donde no estaba antes, sino en descubrir su presencia, en ayudar a las personas a tomar conciencia de ella y acompañarlas a la experiencia de sentirse inmensamente amadas por Dios y creadas para la vida, la vida en plenitud. Se trata de una experiencia transformante que dispone y capacita a las personas a comprometerse en la construcción de aquella historia fraterna y solidaria que es el sueño de Dios para sus hijos. Acompañar a las personas a un encuentro con Jesús y anunciar el Evangelio es una tarea urgente porque lo es la necesidad de que la historia se escriba con el lenguaje del amor, el único capaz de garantizar la realización de las esperanzas más profundas del corazón humano. La misión es comunicación de amor porque nace en el misterio de amor del Dios uno y trino y es expresión de su dinamismo más profundo.

Vivir la misión en el corazón del pueblo de Dios

La Iglesia del Vaticano II ha recuperado con fuerza la concepción trinitaria de la Misión (cf. AG 1-4) y se siente colaboradora de la “Misión de Dios”. Recientemente nos hemos sentido interpelados por la exhortación apostólica Evangelii Gaudium del Papa Francisco. La misión no es una parte o dimensión más de la vida; tampoco es un adorno o algo de lo que se pueda prescindir. Como discípulos de Jesús, hemos sido marcados para iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar (cf. EG 273). Hemos sido ungidos para anunciar la Buena Nueva a los pobres.

La misión surge de la experiencia de un Dios que es comunión y comunicación, que es amor y que nos acoge en este misterio de amor que llena de sentido y profundo gozo la vida y, por ello, desea comunicarse. El mandato misionero de Jesús es una resonancia de la comunión del amor trinitario, una invitación a darle, bajo el impulso del Espíritu, una expresión concreta en el tiempo y el espacio. La Iglesia solo tiene sentido como instrumento de la comunicación de este amor. De este modo participa en la “Misión de Dios”. En esta misión participamos también nosotros como personas consagradas.

Nos lo recuerda el Papa Francisco en Evangelii gaudium : “Si bien esta misión nos reclama una entrega generosa, sería un error entenderla como una heroica tarea personal, ya que la obra es ante todo de Él, más allá de lo que podamos descubrir y entender. Jesús es «el primero y el más grande evangelizador». En cualquier forma de evangelización el primado es siempre de Dios, que quiso llamarnos a colaborar con Él e impulsarnos con la fuerza de su Espíritu”[3].

Los religiosos existimos para vivir la misión en el corazón del Pueblo de Dios, una misión que va más allá de las obras apostólicas concretas, pues articula las diferentes dimensiones de nuestra vida, toda ella llamada a ser anuncio de la novedad del Reino de Dios. La misión está en el centro de la vida consagrada y de la identidad de cada Instituto. “La misión es el modo de ser de la Iglesia y, en ella, de la vida consagrada; es parte de vuestra identidad”, decía el Papa Benedicto XVI en el discurso que dirigió a los superiores generales en el mes de noviembre de 2011.

La misión fundamental de la vida consagrada y de cada Instituto no es otra que la misión de la Iglesia, la única que Jesús confió a sus discípulos. En este sentido, es “nuestra” misión, pero con un “nosotros” que supera los límites de cualquier Instituto religioso. Es la misión de la Iglesia que, fiel al mandato de Jesús, sigue anunciando el Evangelio del Reino a todos los hombres y sirviendo a la causa de aquellos a quienes, según el mismo Jesús, les pertenece: los pobres, los pacíficos, los que trabajan por la justicia, los que sufren (cf. Mt 5, 3-11). Es más, se trata también de la misión que Dios confió a toda la humanidad de tener cuidado de su creación y de construir una historia fraterna y solidaria, tal como descubrimos en los relatos de la Creación y a través de las páginas de la Escritura, especialmente en la predicación de los Profetas.

A esta misión nos sumamos y en ella participamos. La vida consagrada y cada Instituto en particular deberemos dar visibilidad a lo que nos corresponde en la realización de la misión de la Iglesia. Tendremos que ver qué le toca aportar a cada uno, cómo armonizar los carismas, cómo articular las acciones en favor de un proyecto común que es decisivo para el futuro de la humanidad. Toda la vida consagrada en sus diferentes expresiones -contemplativa, apostólica, secular- es misionera, porque toda ella contribuye a explicitar la presencia de Dios en medio del pueblo y a alentar el camino de la humanidad por las sendas de justicia y fraternidad que el Señor le ha indicado. Cada Instituto, a través de la vivencia de su carisma peculiar, está llamado a cuidar  las semillas que el Padre celestial sembró generosamente en el corazón de cada persona y cada pueblo.

Al inicio de este “año de la vida consagrada” el Papa Francisco, en la carta que dirigió a todos los consagrados[4], invitaba a vivirlo en tres claves: la gratitud, la pasión y la esperanza. Invitaba a mirar el pasado con gratitud, a vivir el presente con pasión y a abrazar el futuro con esperanza. Desde estas claves, queremos proponeros algunas sugerencias en torno a este núcleo fundamental de la vida consagrada que es la misión. Son como pequeñas provocaciones que quieren estimular vuestra oración y vuestro compartir comunitario y alentar vuestra participación generosa en la misión de la iglesia, cada uno y cada una aportando aquel carisma con que el Señor le ha bendecido.

Contemplar el pasado con gratitud

Es hermosa la historia misionera de cada Orden, Congregación e Instituto. Todas ellas están llenas de testimonios de santidad y de historias martiriales que han narrado y siguen narrando al mundo qué significa ser testigos de la primacía de Dios y de la fuerza transformadora de su presencia en la vida de las personas y las comunidades. Desde el claustro de las órdenes contemplativas, donde nunca ha dejado de resonar la realidad de la vida de los pueblos, hasta la escuela, la parroquia o el proyecto social de quienes han recibido otros carismas, la vida consagrada ha procurado siempre ser signo de la cercanía de Dios y de su misericordia.

Tendremos que agradecerle siempre al Señor la apertura de nuestros Fundadores y Fundadoras a la acción de su Espíritu que quiso enriquecer a través de ellos a su Iglesia y habilitarla para su misión en el mundo. Es importante no olvidar la humildad y pequeñez de los inicios que hicieron transparente a la acción de Dios la vida y el mensaje de quienes fueron agraciados con estos carismas. Será siempre un desafío para quienes, muchos años después, tenemos el peligro de caer en la tentación de la búsqueda de seguridades.

La vida consagrada ha estado atenta a los signos de los tiempos y ha sabido responder con creatividad y audacia a las necesidades espirituales, culturales o sociales que iba descubriendo. Podríamos incluso decir que ha representado el rostro más humano de la iglesia, haciéndose presente allí donde el dolor, la ignorancia, la exclusión o el sinsentido oscurecían el horizonte existencial de muchas personas. Ha ayudado también a muchos a recuperar aquella imagen de Dios impresa en el corazón de cada ser humano que descubre el verdadero sentido de la vida y motiva a vivirla solidariamente. No son pocas las personas que han encontrado en el ámbito de comunidades religiosas y en sus obras una acogida y un acompañamiento que les ha dado la motivación y la fuerza que necesitaban para “empezar de nuevo”.

La historia misionera de la iglesia coincide, en gran parte, con la historia de la vida consagrada. Han sido muchos los consagrados que, a lo largo de los siglos, se han desplazado a las fronteras geográficas de la obra evangelizadora de la Iglesia. Muchos de ellos supieron mostrar un aprecio profundo a las personas con quienes se encontraron y hacia sus culturas. Con frecuencia ayudaron a defenderlas, en tiempos pasados de las amenazas de los colonizadores o, en tiempos más recientes, de quienes controlan unos procesos de globalización irrespetuosos de la singularidad cultural de los grupos más pequeños. La vida consagrada, a través de múltiples servicios, ha contribuido al diálogo entre las culturas y las Tradiciones religiosas.

Las múltiples expresiones que la misión ha encontrado a través de los carismas de las Órdenes, Congregaciones, Institutos seculares y Sociedades de vida apostólica constituyen un importante patrimonio eclesial que ha contribuido a mantener el dinamismo misionero de la Iglesia. Y, junto con todo ello y por encima de todo, contemplamos agradecidos la capacidad de no perder nunca la esperanza que demostraron quienes durante muchos siglos encarnaron el carisma de la vida consagrada.

Tomar conciencia de las debilidades

No siempre la llamada del Señor ha encontrado el eco esperado en el corazón de los consagrados y en sus instituciones. No toda la historia se ha escrito con aquel lenguaje de transparencia y amor que exigía la misión confiada por Jesús a la Iglesia.

Hemos de reconocer que ha habido ocasiones en que la falta de testimonio evangélico ha debilitado la credibilidad del mensaje. Se ha evangelizado, a veces, desde la imposición o el sentido de superioridad. No siempre se ha sabido reconocer la presencia de Dios en las culturas y tradiciones con que se encontraban los misioneros en los distintos lugares a los que eran enviados.

Cuántas veces hemos tenido que lamentar el no haber sido capaces de correr el riesgo de estar más cercanos a quienes necesitaban mayormente nuestra presencia, de no habernos atrevido a compartir su vida y su dolor. Nos duele comprobar que ha habido ocasiones en que las Órdenes, Institutos y Congregaciones se dejaron secuestrar por los poderosos y los ricos en detrimento del compromiso con los pobres y excluidos. Sí, sucumbimos a la tentación de la mundanidad que se presenta en formas diversas, con frecuencia muy sutiles. Se resintió, obviamente, el compromiso misionero. Apareció el miedo y, en esas ocasiones, se perdió la libertad para denunciar lo que se oponía al proyecto de Dios.

Nos duele haber faltado a la confianza que depositaron en nosotros las familias de niños y jóvenes que fueron objeto de abusos. Nos mortifica pensar en lo que ha sufrido la tarea misionera por una competitividad nociva entre las mismas congregaciones religiosas.

Es importante tomar también conciencia de las carencias que, en modo alguno, merma nuestro deseo de fidelidad a la llamada del Señor, pero que nos hace más humildes y nos indica que, sin dejar que sea el Espíritu del Señor el que se apodere de nuestros corazones y nuestras vidas, es imposible ser “misioneros”.

Mirada al pasado desde la periferia

Nuestra historia está, ciertamente, cargada de hermanos y hermanas que han vivido con gran generosidad su entrega. Hemos heredado del pasado múltiples instituciones y proyectos que han sido instrumentos de servicio a la Iglesia y a la sociedad. De esto no hay duda alguna.

Ahora bien, existe la necesidad de mirar más allá y descubrir aquellas personas y acontecimientos que nos han acercado a la esencia del Evangelio y nos han ayudado a mantener los rasgos de sencillez y confianza absoluta en la Providencia de Dios y en el poder de su Palabra que marcaron nuestros orígenes. Son personas y acontecimientos que, desde la periferia, nos siguen reclamando fidelidad a nuestra identidad más profunda y cuyo recuerdo nos va a ayudar a recuperar aquello que hemos ido olvidando o perdiendo a lo largo del camino. Nos hemos acostumbrado, con excesiva frecuencia, a confiar demasiado en nuestras estructuras y proyectos y, por ello, acabamos por sentir cierto miedo a acercarnos a la misión con la sola fuerza del Evangelio.

¿Qué aparece cuando contemplamos nuestro pasado desde la “periferia”? ¿Qué acentos destacan en nuestra historia cuando intentamos verla desde esta perspectiva? ¿Qué rostros encontramos? ¿Qué ausencias descubrimos? ¿Qué manos sentimos que han bendecido nuestra vida y nuestro trabajo? ¿Quiénes nos han experimentado como “amigos”? ¿Quiénes han echado a faltar nuestra presencia? No debemos ni podemos olvidar esta mirada tan importante desde la periferia. ¿Qué nos dicen quienes nos miran desde allí? Nos ayudan a una memoria agradecida que, será al mismo tiempo, provocadora de un nuevo compromiso.

Vivir el presente con pasión

Lo dijeron un grupo de religiosos y religiosas de todo el mundo, reunidos en Roma hace unos años[5], buscando cómo definir hoy la vida consagrada: “pasión por Cristo y pasión por la humanidad”. Aquí radica la fuente de energía para nuestra vida. El Papa Francisco, en la carta que nos ha dirigido al inicio del año de la vida consagrada, nos lanza una pregunta fundamental: “¿Sigue siendo Jesús el primero y único amor, como nos propusimos cuando profesamos nuestros votos?”. Y más adelante pregunta de nuevo: “¿Tenemos la misma pasión por nuestro pueblo, somos cercanos a él hasta compartir sus penas y alegrías, así como para comprender verdaderamente sus necesidades y poder ofrecer nuestra contribución para responder a ellas?”

En el documento que recoge el proceso vivido durante el “Congreso internacional de la vida consagrada”, organizado por las Uniones de Superiores y Superioras Generales en el año 2004 al que nos hemos referido, se afirma: “El deseo de responder a los signos de los tiempos y de los lugares nos ha llevado a describir la vida consagrada como pasión: pasión por Cristo, pasión por la humanidad”. Es una expresión muy bella que despierta profunda sintonía en nuestros corazones y nos abre con esperanza hacia el futuro que queremos seguir construyendo.

Solamente se puede estar apasionado por algo cuando el objeto que da razón de este sentimiento ocupa realmente el centro de nuestros corazones y de nuestras vidas. Es, pues, Cristo, su pasión por el Reino -el gran proyecto del Padre- y su compasión por la humanidad, el centro integrador de nuestras vidas. Ahí radica la fuente que mantiene viva la dimensión profética de la vida consagrada y nuestro compromiso apostólico. La exhortación apostólica sobre la Vida consagrada nos invita a meditar sobre el manantial permanente de esta profecía: “La verdadera profecía nace de Dios, de la amistad con Él, de la escucha atenta de su Palabra en las diversas circunstancias de la historia. El profeta siente arder en su corazón la pasión por la santidad de Dios y, tras haber acogido la palabra en el diálogo de la oración, la proclama con la vida, con los labios y con los hechos, haciéndose portavoz de Dios contra el mal y contra el pecado. El testimonio profético exige la búsqueda apasionada y constante de la voluntad de Dios, la generosa e imprescindible comunión eclesial, el ejercicio del discernimiento espiritual y el amor por la verdad. También se manifiesta en la denuncia de todo aquello que contradice la voluntad de Dios y en el escudriñar nuevos caminos de actuación del Evangelio para la construcción del Reino de Dios”[6].

Es verdad: nuestra más profunda identidad radica en ser buscadores apasionados de Dios y de la felicidad de los hombres. Vivir el presente con pasión nos pide cuidar la dimensión contemplativa, ya que es el espacio que nos permite conocer verdaderamente la pasión de Dios y dejar que se vaya apoderando de nuestras vidas. Esta contemplación nos va llevar a un nuevo modo de expresar esta pasión en nuestra proyección apostólica, un modo libre de imposiciones y atropellos que busca vivir en comunión con los otros y gozar de su amistad.

Esta pasión es el fuego que da sentido a nuestra vida y nos habilita para la misión. Sin ese fuego nuestras vidas no serán capaces de transmitir luz ni calor. Sin él nuestro trabajo y nuestras instituciones no serán capaces de comunicar el Evangelio del Reino. Sin él nuestros procesos formativos no serán más que itinerarios de capacitación profesional más o menos logrados. Sin este fuego la preocupación que podamos tener por los recursos económicos necesarios para sustentar la vida y las actividades de nuestros Institutos no se va a diferenciar mucho de la de cualquier otro grupo humano. Hay que recuperar la mística misionera: dejar que Dios se apodere verdaderamente de nosotros, cuidar la amistad con Jesús y dejarnos guiar por su Espíritu. “Aspirar a la santidad: éste es en síntesis el programa de toda vida consagrada”, nos dice Vita Consecrata[7]. Para vivir hoy la dimensión misionera y profética inherente a la vida consagrada, reavivar el fuego interior es una condición indispensable.

Impulsada por esta pasión la vida consagrada sigue desarrollando su misión. Quisiéramos que nuestra presencia fuera capaz de ofrecer a nuestros contemporáneos una alternativa de vida centrada en el Evangelio, que no nos amedrentara el correr riesgos y emprender nuevas aventuras misioneras. Nos sentimos llamados a estar presentes, por elección evangélica, en las situaciones de miseria y opresión manifestando que la ternura de Dios no tiene límites, como tampoco los tiene su dolor por el sufrimiento de sus hijos. Se trata, en último término, de entrar en la dinámica de la encarnación, que es expresión del amor apasionado de Dios por su pueblo, sin temer las renuncias, amando tiernamente lo que se asume. Implica salir de la indiferencia, sacar del anonimato a los descartados del camino de la humanidad en este momento histórico, no dejarse dominar por la comodidad. Significa, en fin de cuentas, asumir la más honda humanidad como hizo Jesucristo. Nos recuerda el Papa Francisco: “La Palabra de Dios enseña que en el hermano está la permanente prolongación de la Encarnación para cada uno de nosotros: «Lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, lo hicisteis a mí» (Mt 25,40). Lo que hagamos con los demás tiene una dimensión trascendente: «Con la medida con que midáis, se os medirá» (Mt 7,2); y responde a la misericordia divina con nosotros: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará […] Con la medida con que midáis, se os medirá» (Lc 6,36-38)”[8].

La pasión nos hace amigos de la vida, amigos de los hombres, parte de esa humanidad que sueña un futuro más justo y fraterno. Decía el Papa Francisco en su discurso a los participantes en el segundo encuentro mundial de movimientos populares: “el futuro de la humanidad no está únicamente en manos de los grandes dirigentes, las grandes potencias y las élites. Está fundamentalmente en manos de los pueblos, en su capacidad de organizarse y también en sus manos que riegan con humildad y convicción este proceso de cambio.”[9]. La pasión que mueve a estas personas fue también sembrada por el Padre en sus corazones. Jesús nos envía a cuidar esta semilla para que crezca vigorosa. 

Una pregunta sobre la pasión desde la periferia

Pero también sobre la pasión nos hemos de preguntar desde la periferia: ¿Cómo están presentes en esta “pasión” quienes viven en la periferia? ¿Desde la periferia, nos ven apasionados por aquello que apasionó a Jesús? ¿Nos tocan e inquietan las situaciones de quienes viven en las periferias geográficas (esos lugares de presencia eclesial minoritaria), sociales (esos lugares donde las injusticias de nuestro mundo tienen rostros concretos y en los que las contradicciones de una sociedad estructurada en torno al afán de poseer engendran tanto sufrimiento), culturales (allí donde el lenguaje religioso ha perdido relevancia y donde se exige una nueva e inusitada apertura a un diálogo que cuestiona profundamente nuestras propias convicciones) y existenciales (aquellos lugares que no buscan “enseñanzas” sino capacidad de escucha y paciencia para acompañar)?

Desde la periferia se nos están pidiendo nuevos modos de vivir y organizarnos, se nos están proponiendo nuevos objetivos en los que centrar nuestra atención, se nos está exigiendo una coherencia que avale las promesas que hemos hecho a Dios ante la comunidad cristiana. La “pasión por Cristo y por la humanidad” encuentra solamente una traducción creíble cuando usamos el diccionario de la periferia.

Abrazar el futuro con esperanza

El Papa Francisco, en su carta al inicio del año de la vida consagrada, reconocía algunas de las dificultades que están afrontando muchos Institutos y recordaba que “precisamente en estas incertidumbres, que compartimos con muchos de nuestros contemporáneos, se levanta nuestra esperanza, fruto de la fe en el Señor de la historia que sigue repitiendo: ‘No tengas miedo, que yo estoy contigo’ (Jr 1,8)”.

Sí, nuestra esperanza es fruto de la fe en el Señor y desde ella se proyecta sobre el horizonte misionero. La conciencia de nuestra propia historia, en la que nos hemos sentido siempre acompañados por la presencia amorosa de Dios, nos invita a la esperanza. Si hemos podido ser instrumento de su misericordia y mensajeros del Evangelio en tantas partes del mundo, es porque el Señor ha mantenido siempre su promesa: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

¿Cómo expresar esta esperanza en clave misionera? Deberíamos ser capaces de poner en juego “los cinco panes y los dos peces” (cf Jn 6,9), que es todo lo que tenemos, y no quedarnos presos de nuestros cálculos y miedos. Estamos invitados a vivir el presente convirtiéndonos al futuro de Dios, dejándonos guiar por su Espíritu. Hemos de distinguir entre “expectativas” y “esperanza”. A nosotros nos toca aferrarnos a la “esperanza” aunque las “expectativas” no sean muy halagüeñas. La esperanza es teologal: nos fiamos de Dios. Parece fácil de decir, pero solamente cuando esta convicción se traduce en actitudes y gestos concretos, la paz llena nuestros corazones y el futuro se afronta con serenidad.

Abrazar el futuro con esperanza impulsará la creatividad y nos moverá a crear estructuras nuevas, sin buscar protagonismos innecesarios sino siempre en misión corresponsable con otros. Emprender proyectos conjuntamente con otras personas y grupos que buscan la transformación del mundo desde valores que expresan ideales importantes de la nueva realidad del Reino nos abre a la esperanza y nos obliga, al mismo tiempo, a “dar razón de nuestra propia esperanza” que, con ello, se consolida y profundiza.

Por otra parte, contemplar los signos de la presencia de Dios en nuestro mundo será siempre una fuente fecunda de esperanza, sobre todo cuando seamos capaces de descubrirlos en aquellos lugares donde estaríamos tentados a no buscarlos.

La esperanza alentada desde la periferia

Si algo necesita urgentemente nuestro mundo, es esperanza. También en este ámbito nos preguntamos desde ese lugar privilegiado de discernimiento que es la periferia: ¿Qué esperan quienes encarnan en sus vidas este universo que llamamos -que el Papa Francisco llama- “periferias”? ¿Cuáles van a ser “este cielo nuevo y esta tierra nueva en los que habite la justicia” (cf. 2Pe 3,13)? En la periferia se aprende a “esperar” porque no hay allí otros puntos de apoyo para construir el futuro que todos necesitan para vivir con la dignidad que corresponde a todo ser humano. Se aprende a esperar activamente. Por ello, se aprende a esperar y a luchar. No es una esperanza que se contenta con pronunciamientos o documentos. Es una esperanza que libera el corazón de las personas para una acción liberadora y que crea entre ellas un profundo sentido de solidaridad, imprescindible para hacer realidad lo que se espera.

Esperar, sí, y hoy “esperar a pesar de todo”. ¿Cómo mantener viva nuestra esperanza cuando vemos que nuestras capacidades disminuyen o que nos faltan los recursos para llegar donde quisiéramos? Solamente una profunda fe en Dios y una estrecha comunión con quienes esperan, desde las periferias de la vida, aquella salvación que ya no puede aguardar más, nos hará capaces de mantener viva nuestra esperanza y de ser portadores de esperanza en un mundo que la necesita.

Algunas pistas de futuro para la misión de la vida consagrada

El Sínodo de los Obispos sobre la nueva evangelización reflexionó sobre la aportación de la vida consagrada a la misión de la iglesia en el mundo de hoy y expresó tres fuertes deseos. Pidió a los consagrados que sean testigos de la primacía absoluta de Dios, que sean también testigos de la fuerza humanizadora del Evangelio a través de su vida fraterna y, finalmente, que estén dispuestos a desplazarse a las fronteras geográficas, sociales y culturales de la misión de la iglesia. El Papa Francisco ha insistido repetidamente en estos puntos. En el encuentro que tuvo, el 29 de noviembre de 2013, con los superiores generales, les pidió que “despertaran al mundo” a través de su vida y su ministerio. ¿Qué acentos deberíamos poner para dar respuesta a estas llamadas de la Iglesia?

Os compartimos cuatro puntos que nos gustaría que retomarais en vuestra oración y en vuestro diálogo y discernimiento comunitario.

  1. Reforzar la dimensión teologal

La vida consagrada es respuesta a una llamada y solamente escuchando de nuevo la llamada y dejando que sea ésta la que guíe nuestros procesos interiores seremos capaces de vivirla con gozo y sentido. Os invitamos a cuidar y ahondar la experiencia de Dios, tanto a nivel individual como comunitario. La calidad de la vida consagrada se juega en este terreno. Estamos llamados a ser signos claros de la referencia a Dios, al Absoluto, que está inscrita en el corazón de cada ser humano. Nuestra vida ha de ser capaz de suscitar la pregunta sobre Dios en el corazón de aquellos con quienes nos relacionamos. Nuestra primera contribución a la misión de la Iglesia será, pues, profundizar la dimensión teologal de nuestras vidas. La reflexión sobre la vida consagrada insiste en esta dimensión fundamental que no sólo se refiere al ámbito de la espiritualidad, sino que tiene un impacto decisivo sobre la proyección misionera de nuestras comunidades y sobre las actividades de nuestros Institutos.

Una profunda experiencia de Dios, al abrir incondicionalmente nuestra vida a su plan de salvación, nos acerca a lo más nuclear de la persona, nos obliga a escuchar sus gritos y a sentirnos solidarios de sus búsquedas; nos hace discretos en el acompañamiento y nos ayuda a valorar la riqueza de las respuestas que las personas van encontrando en el camino. Es Dios quien las acompaña y bendice. La experiencia de Dios nos obliga a acercarnos a los pobres y excluidos, nos invita a ser sus compañeros de camino y crea dentro de nosotros aquellos espacios de libertad necesarios para revisar nuestra vida y nuestras obras desde su situación. La experiencia de Dios despierta en nosotros una nueva conciencia ecológica y cósmica que nos hace sentir solidarios con toda la Creación y respetuosos con los dinamismos que el mismo Creador puso en ella. Una profunda experiencia de Dios afina nuestra sensibilidad para saber captar su presencia en la vida de las personas y los pueblos y ponernos a su servicio. Nos hace menos dogmáticos y más servidores. La experiencia de Dios es la única fuerza capaz de suscitar aquella esperanza que se mantiene firme a pesar de las dificultades y es siempre dinamizadora de un compromiso a favor de la vida.

Poder dirigirnos, junto con Jesús, a Dios como “Abbá”, Padre, introduce nuestras vidas en una dimensión inusitada de profundidad en la relación con Dios y nos hace sentir con una fuerza extraordinaria el gozo y la responsabilidad de la fraternidad. Es la experiencia de aquella vida alentada por el Espíritu, de la que nos habla San Pablo: “Recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios” (Rm 8, 15b-16).

El Papa Francisco, en su carta apostólica Evangelii gaudium, nos invita a ser “evangelizadores con Espíritu”. Sin una profundización de la experiencia de Dios, le va a faltar a nuestro compromiso apostólico aquello que lo hace verdaderamente evangelizador. Nos alienta el Papa: “¡Cómo quisiera encontrar las palabras para alentar una etapa evangelizadora más fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin y de vida contagiosa! Pero sé que ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu. En definitiva, una evangelización con espíritu es una evangelización con Espíritu Santo, ya que Él es el alma de la Iglesia evangelizadora”[10].

  1. Vivir el gozo de la fraternidad

Nos dice el Papa Francisco en su carta apostólica a los religiosos que hemos citado ya varias veces: “Vivir el presente con pasión es hacerse ‘expertos en comunión’, ‘testigos y artífices’ de aquel proyecto de comunión que constituye la cima de la historia del hombre según Dios. En una sociedad de enfrentamiento, de difícil convivencia entre las diferentes culturas, de la prepotencia con los más débiles, de las desigualdades, estamos llamados a ofrecer un modelo concreto de comunidad que, a través del reconocimiento de la dignidad de cada persona y de compartir el don que cada uno lleva consigo, permite vivir en relaciones fraternas”.

La comunidad es un don de Dios, un precioso don de Dios. En ella cada uno se convierte para los demás en sacramento del amor infinito del Padre de los cielos por sus hijos. Y, como comunidad, somos parábola de la novedad del Reino, signo de las nuevas relaciones que surgen entre las personas cuando los intereses del Reino ocupan el centro de sus vidas. Es un precioso testimonio misionero. Una vida fraterna gozosa y entregada generosamente al servicio del Reino de Dios es un anuncio creíble del Evangelio. Nos anima Vita consecrata: “La vida de comunión será así un signo para el mundo y una fuerza atractiva que conduce a creer en Cristo. De este modo la comunión se abre a la misión, haciéndose ella misma misión”[11].

En la comunidad aprendemos concretamente qué significa formar parte del grupo de los discípulos de Jesús y discernimos las opciones y las actividades a través de las cuales debemos expresar nuestros carismas. La comunidad nos humaniza y nos prepara para mantenernos cercanos a la gente, especialmente a aquellos que necesitan sentir el calor de una presencia que les ayude a vivir con esperanza. En la comunidad somos llamados a vivir el misterio del amor que es el corazón del mensaje cristiano. Nuestra vida fraterna es un signo poderoso e inteligible que anuncia la venida del Reino de Dios. Precisamente por ello el Sínodo nos pedía este testimonio como una aportación específica de la vida consagrada a la nueva evangelización.

  1. Renovar la opción por los pobres y por la justicia

“Vivid el don de la profecía”, decía el Papa Francisco en el coloquio con los superiores generales del año 2013 al que nos hemos referido varias veces. Y continuaba advirtiendo: “no juguéis a ser profetas”. Se refería al testimonio de la vida y a la acción apostólica. Jugar a ser profetas sería mera hipocresía. La hipocresía mata el mensaje, en cambio la generosidad en la entrega y la coherencia entre el mensaje y la vida dan credibilidad al anuncio. La vida consagrada tiene una dimensión profética (cf. VC 84) y estamos llamados a vivirla con radicalidad.

La opción por los pobres y por la justicia es uno de los criterios fundamentales que guían el discernimiento de las Órdenes, Congregaciones e Institutos de vida consagrada. A todos se nos pide una atención en este sentido que va más allá del análisis sociológico, porque necesita, sobre todo, pasión y compasión para saber fijar la mirada y dejarse impactar por aquello que impactó a Jesús[12].    

En estos últimos años hemos vivido en una clima constante de crisis: económica, social, política, etc.

En cada uno de los lugares donde vivimos y trabajamos los consagrados estas crisis han encontrado resonancias concretas que han condicionado la vida de personas y comunidades. Los tiempos de crisis son difíciles pero hacen emerger preguntas fundamentales sobre los valores y estructuras que imperan en nuestras sociedades y dan lugar, al mismo tiempo, a nuevas propuestas que apuntan hacia modelos más justos e inclusivos de relaciones entre las personas y los pueblos. En esta dinámica nos encontramos inevitablemente inmersos los religiosos, aunque, a veces, excesivamente protegidos por nuestras propias instituciones.

¿Nos afecta y estremece verdaderamente la situación de injusticia que viven tantas personas? ¿Nos inquieta? ¿Tienen estos pobres y excluidos un rostro y un nombre para nosotros, más allá de las imágenes que nos transmiten los medios de comunicación social? No podemos negar que nos sentimos fuertemente interpelados por estas situaciones. “El imperativo de escuchar el clamor de los pobres se hace carne en nosotros cuando se nos estremecen las entrañas ante el dolor ajeno”, nos dice el Papa Francisco[13].

Busquemos la luz en la Palabra de Dios, punto de referencia fundamental de nuestra vida, que nos cuestiona constantemente en este sentido. No podemos olvidar, sin embargo, que la Palabra de Dios tiene una clave hermenéutica clara y que, sin asumirla, su lectura no llega  a tocar verdaderamente la vida. Esta clave es el amor de Dios por sus hijos, es la pasión de Dios por los pobres, esa pasión que marca radicalmente la vida de Jesús: “Me envió a anunciar la Buena Nueva a los pobres” (cf. Lc 4,18). Es ésta una clave a la que se accede solamente desde la cercanía a la situación de los empobrecidos y excluidos y abriendo el corazón y todas las dimensiones de la vida a las preguntas que suscita. Nuestra vida y nuestra palabra no tendrán capacidad de anunciar el Evangelio ni poder transformador, si no nos acercamos a estas realidades que nos “centran” de nuevo en lo más nuclear del proyecto de Dios para sus hijos. Renovar la opción por los pobres y excluidos y por la justicia es una condición indispensable para ser fieles a nuestra misión como consagrados.

  1. Consolidar el compromiso por el diálogo en nuestra vida y en nuestra proyección apostólica

El diálogo es un elemento fundamental para la misión. La historia misionera de la Iglesia y de cada una de nuestras Órdenes, Congregaciones e Institutos, con sus aciertos y errores, nos confirma esta percepción. Hoy día, en medio de unos nuevos paradigmas antropológicos, culturales, sociales y religiosos, la Iglesia afronta nuevos desafíos misioneros. El diálogo con las culturas y, sobre todo con las otras Tradiciones religiosas, nos descubre nuevos modos de plantear las preguntas fundamentales de sentido y nos permite asomarnos a la belleza de las respuestas que se han ido dando a lo largo de la historia. El diálogo nos cuestiona y enriquece, nos ayuda a profundizar nuestra propia experiencia de Dios y nos ofrece la posibilidad de ayudar a otros a enriquecer la suya.

El diálogo supone, ante todo, traer la situación de la gente al centro de nuestras propias preocupaciones. Exige sumergirse de lleno en las preguntas que llenan la vida de las personas y buscar juntos las respuestas que pueden dar sentido a este momento de la historia. Nosotros lo hacemos llevando en el corazón, en las acciones y en las palabras el mensaje de Jesús, pero sabiendo que lo primero que hizo Jesús fue escuchar y hacerse parte de la historia de su propio pueblo, de la historia de la humanidad. Es un ejercicio que requiere humildad y capacidad de hacerse vulnerable a las preguntas de los demás. Pide transparencia y sinceridad: no nos interesa aumentar nuestro ámbito de poder o influencia sino caminar juntos hacia la realización del sueño del “Abbá” para sus hijos, para toda la creación.

El diálogo exige vivir abiertos a las sorpresas del camino y pide creatividad, exige oración y estudio. La vida consagrada y cada uno de los Institutos que la encarnan saben que cuentan con un patrimonio maravilloso en este sentido. Son muchos siglos de experiencia en el anuncio del Evangelio. Precisamente es este patrimonio el que ofrece la serenidad necesaria para entrar en un diálogo abierto y sincero.

Tenemos una Palabra que comunicar: la del Verbo de Dios que se ha hecho hombre, que es “Camino, Verdad y Vida”. Es una Palabra creadora y portadora de vida, que debemos seguir escuchando y descubriendo en todas sus resonancias en el corazón de las personas y en la vida de los pueblos. Pero somos conscientes de la necesidad de un nuevo lenguaje que sea capaz de trasmitir la riqueza inconmensurable y permanente del mensaje evangélico. Estamos llamados a entrar en un diálogo abierto y profundo con todos los hombres y mujeres porque se trata de cuestiones que son cruciales para el presente y el futuro de la humanidad[14].

CONCLUSIÓN

Queremos concluir esta carta volviendo a la Escritura. El Evangelio de Lucas nos narra la reacción de Jesús después de escuchar el relato de los setenta y dos discípulos que regresaron de los pueblos a donde los había enviado (cf. Lc 9, 17-22). “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Mi Padre me lo ha entregado todo, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

Como aquellos discípulos también todos nosotros hemos sido enviados. ¿Qué le contamos al Señor cuando regresamos de los lugares donde Él nos envió? Si fuimos fieles a su encomienda y a las condiciones que nos indicó para el ejercicio de la misión que nos había confiado, podremos compartir con Él nuestra experiencia, llena seguramente de alegrías y también de expectativas no alcanzadas. Él mismo, sin embargo, nos ayudará a descubrir la acción misericordiosa del Espíritu a través de nuestro trabajo siempre imperfecto. Y, con Él, podremos unir nuestro corazón y nuestra voz para bendecir al Padre que sigue obrando maravillas en el mundo, sobre todo a través de los pequeños, de aquellos que parece que no pueden influir para cambiar el rumbo de la historia.

“Mi alma glorifica al Señor” (Lc 1,46). El canto de María expresa, como ningún otro texto, el corazón de quien se ha puesto enteramente en manos de Dios y quiere que su vida se gaste al servicio del Reino. Del corazón de María nace este canto en el que reconoce la gracia de Dios, advierte con claridad los contrastes que existen en la realidad y proclama su fe en la promesa de Dios, Liberador y Padre. Es el canto del profeta que sabe que la presencia de Dios transforma la realidad porque se ha sentido él mismo transformado por su fuerza. Es la base de un compromiso misionero a prueba de cualquier dificultad.

A todos los consagrados, que habéis sido agraciados con múltiples carísimas, os agradecemos vuestra participación en la misión de la Iglesia y os animamos a seguir escribiendo vuestra historia con un lenguaje verdaderamente misionero. Tendrá matices y resonancias diversas según vuestra forma de vivir la consagración -en la vida contemplativa o apostólica, desde el trabajo en una obra propia o a través de la presencia en diversos ámbitos de la sociedad-, pero deseamos que sea siempre una expresión del gozo de formar parte de la misión de una Iglesia que se siente fuertemente llamada a anunciar la “alegría del Evangelio”.

A todos os repetimos con Vita Consecrata: “Vivid plenamente vuestra entrega a Dios para que no falte a este mundo un rayo de la divina belleza que ilumina el camino de la existencia humana”[15].

Unidos siempre en el deseo de responder a la llamada del Señor,

[1] S. Juan Pablo II, VITA CONSECRATA, 13

[2] “La Iglesia, conmovida ante gritos tales de angustia, llama a todos y a cada uno de los hombres para que, movidos por amor, respondan finalmente al clamor de los hermanos” (PP 3). En algunas lenguas han traducido la expresión latina por la palabra “estremecerse”.

 

[3] EVANGELII GAUDIUM 12

[4] CARTA APOSTÓLICA DEL SANTO PADRE FRANCISCO A TODOS LOS CONSAGRADOS CON OCASIÓN DEL AÑO DE LA VIDA CONSAGRADA; 21 de noviembre de 2014.

 

[5]Pasión por Cristo, pasión por la humanidad”. Congreso Internacional de la Vida Consagrada, tenido en Roma del    23 al 27 de noviembre de 2004.

[6] VITA CONSECRATA 84

[7] VITA CONSECRATA 93

[8] EVANGELII GAUDIUM 179

[9] Discurso del Papa Francisco en el II ENCUENTRO MUNDIAL DE MOVIMIENTOS POPULARES, Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), 9 de julio de 2015

[10] EVANGELII GAUDIUM 261

[11] VITA CONSECRATA 46

[12] VITA CONSECRATA insiste en este tema en el número 82

[13] EVANGELII GAUDIUM 193

[14] Cf. LODATO SI’ 3

[15] VITA CONSECRATA 109